martes, 17 de septiembre de 2013

El arte de la seducción

No recuerdo su nombre ni su cara. Lo que si recuerdo es que aquel artista y maestro llevaba el pelo un poco largo, su taller de plástica tenía un rincón en el que ordenaba materiales de desecho que él mismo había recogido por ahí y dedicaba su tiempo a cosas tan incomprensibles como abrir su espacio para que aquellos que queríamos pudiéramos ir por la tarde a compartir un espacio de tranquila creación. De intima creación. 

Amasábamos barro, manchábamos telas o papel y hablábamos. Hablábamos de la vida, de nuestros sueños de adolescentes en un mundo que se abría y en el que queríamos ocupar un lugar activo. Todo ello lo expresábamos con nuestras manos y nuestros cuerpos. Mientras él nos daba herramientas para que pudiéramos explotar al máximo nuestra capacidad expresiva: Nuestras ganas adolescentes por expresarnos.

Hace alguna década me llegó la noticia de su muerte temprana y recuerdo que la sentí como la de un familiar cercano. Alguien íntimo.

Cuatro décadas después me veo preparando, una vez más, una ponencia para un grupo de docentes en la que intentaré tatuar una letanía que he escrito por activa y por pasiva y que me lleva –tantos años después- a la memoria de este maestro:

Solo aprendemos lo que emociona,
Solo enseñamos lo que seduce.

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